Buscando a Corina

B

A su salida sólo quedó el aroma inolvidable de sus pasos. Ya no estaría conmigo. La puerta me lo recordaba, cada segundo, la sombra vuelta vaho contra el cristal, la sombra de su cuerpo, desnudo en mis manos, de sus senos emergiendo de entre la blusa, despertando. Corina decidió marcharse y no pude atar su destino a mis manos ya sudadas, de burócrata, tecnócrata añejado por el licor y el moho de las oficinas, como queso; mientras ella rezumando juventud, no belleza ya que la puta musa nunca le sonrió plenamente, se marchaba con sus pasos ligeros y su ropa a cuestas, con las pantaletas y las medias que un día deshice a mordidas, con mis sueños y mis alegrías dentro de su maleta, entre sus brassieres.

Pongo Pixies para sentirla más cerca de mí where is my mind, where is my mind, wheeeeeeere is my / pero no logro encontrarla plena en mi mente, sólo imágenes vagas, fragmentos donde nos volvíamos uno en el sexo, where is my mind / en la cama y las sábanas revueltas. Prendo el quinto cigarrillo, mi casa apesta, al menos no a mota, ella se la llevó toda, dijo que le pertenecía, pero igual no me inmuté, hey you / tres años hace que no se me antoja, al menos no se llevó mis cigarros, mis caros cigarros con filtro, ella y sus guarradas –alitas-, yo no sé qué haría si dejaran de producir cigarros finos o si dejaran de existir las mujeres, sus prendas, sus olores a mares lejanos, a sal prohibida, y ese toque de sus labios, como de molusco de agua dulce, hey teacher leave the kids alone / me gusta esa canción, a ella no le gustaba, era la única de Pixies que odiaba, la tildaba de populachona y poco estética, y no andaba muy lejos de la verdad, Corina, como buena elitista de la música, sabía que esa canción la conocían hasta las gatas de basurero que no buscan esqueletos de pescado o leche en la noche, lo único que desean es sexo rápido y quien les piche las chelas. Cambio el disco, su recuerdo aún no me abandona, ni siquiera me deja respirar tranquilo o alejar mi mirada de la puerta abierta, how long how looong / los Red Hot se parecen tanto al dolor, su música es lastimera, aun las rápidas y alocadas, pero siempre terminan recordándome a ella, a Corina, poniendo un disco para hacerme el amor con diferentes ritmos, su cuerpo desnudo inclinándose a la grabadora y yo deseando un lente de aumento, un telescopio para estar más cerca de sus nalgas, de su espalda delgada y su sonrisa que tiraba después de colocar el disco y comenzar a escuchar dreams of californication dreams of californication / y se acercaba, entornaba la puerta y se tiraba sobre mí con las piernas abiertas y su cabello negro cayéndole en la cara, como si estuviera enredada, atrapada en las marañas de alguna selva siniestra, desconocida, y yo rescatándola, llevándola a mis brazos, a mis labios, y descubriéndola con las manos, senos, nalgas, todo un dogma, un rito de la creación a través del máximo acto de la vida: el sexo, lugar donde empezamos a ser y alejamos la nada por escasos minutos, lugar de reivindicación de la forma y el cuerpo para descubrirnos deshechos en el orgasmo, fragmentado en los brazos de ella, sólo de ella que siempre me miraba al terminar y me decía que todo estaría bien, lágrimas, que me amaba, que nunca cruzaría esa puerta, ese cristal de doble vista donde perdimos a Alicia, donde se marcharon los deseos todos y ella, rumbo al país de las pesadillas que alberga esta ciudad, ¿qué es esta ciudad?, al país de la soledad infinita envuelta en una chamarra de piel, i’m crying like a church on monday / marchándose, dejándome en el sillón recordando sus nalgas con vaguedad y confundiendo su sonrisa con el abrelatas, han pasado tantos segundos que mi memoria comienza a fallarme, a serme infiel como escribe Avilés Fabila, qué buen escritor el desgraciado y yo de político, de gato de oficina, presto a lamerle el culo peludo al primer palurdo que me prometa un aumento, no la juzgo por haberse marchado, la vida de bohemio o poeta siempre es mejor, la más libre, no la vida de monje burócrata, en el claustro de las oficinas, llenas de ideologías falsas, de servilismos absurdos, pero ganaba buen dinero, para sus cosas, para sus regalitos, para ella que me insistía en abandonar mi trabajo y largarnos, escaparnos a la selva, al bosque, a la playa, que no importaba a donde siempre y cuando existiera la noche y el día, juntos, inventándonos en el sexo nuestro de cada día, y yo que no accedo, que pienso en nuestro futuro, sueños de clasemediero, en los hijos y en la madre con tus chingaderas ¡pinche marica!, ya estoy hasta el testículo de Jehová, que no entiendes que ella era estéril, que buscaba su feminidad perdida en el sexo y en la pintura, que lo natural, los paisajes, le brindaban cierta sensación de pertenecer a esa vida fértil y dichosa, y yo de wey encerrándome de nuevo y lamiendo zapatos a diestra y siniestra como buen bolero y la puerta que continúa abierta desde su partida y yo con la culpa, agujereando mi garganta, de no haberle comprado un celular para poder ubicarla, de haber sabido que se marcharía, only youuuu / que me dejaría aquí, arrellanado en este sillón con las lágrimas hasta los cojones y los discos regados por el piso, cubriendo la inmensidad de colillas que Corina me ha hecho fumar desde su partida, su marcha de pantaletas y brassieres lejos de mí, no más su cuerpo desnudo para mis manos que nunca entendieron las delicadez del modelar en barro, de la caricia suave de la palabra y la puerta abierta, donde el universo extraño y oscuro se asoma, y yo esperando, al borde de la paranoia, que Corina hable por teléfono, que me encuentre aquí y acepte todas mis apologías, que por ella he decidido volverme escritor y escaparme hasta el infierno si sus piernas me guían. Pero no habla, no piensa en mí y yo deseando ahorcarla o cogérmela de coraje, pero la amo, la deseo y la extraño tanto. Ha pasado una hora desde que cruzó esa puerta, ese hoyo negro que la llevó a la muerte, a la desaparición de esta vida donde yo no pude acompañarla.

Es el momento, tengo que buscarla aunque me desintegre al cruzar el umbral, die die die my darling /

 

*Cuento publicado originalmente en Las humedades; editorial Limbo, 2004.

acerca del autor

Roberto Visantz

Roberto Visantz. Tepic, Nayarit (1985). Es licenciado en Letras Hispánicas por la UdeG. Es maestro en Estudios Filosóficos por la misma casa de estudios. Tiene publicados dos libros, Las humedades, (Editorial Limbo) y Las mil muertes absurdas o como escribir una novela (CECAN). Ha sido periodista para medios universitarios y editor de información, además de docente en diferentes niveles académicos.

deja un comentario

Posts

Categorías

Comentarios recientes