Concierto para dos violines en Re Mayor

C

En homenaje a Raúl Hernández Novás

¿Vendrá a despertar al niño muerto… El hombre se aleja lentamente dejando una puerta abierta. Arrastra los pies. Quisiera no hacerlo pero algo que no entiende por completo le pesa. La voz de Billy le retumba en la coronilla. Se vuelve eco constante amplificado. Es el susurro perdido de sus palabras. ¿Por qué le había preguntado eso? ¿Por qué a él?  Camina pesado fuera del edificio. Del hedor de las paredes pintarrajeadas de rojo y las escaleras marchitas, con nombres rotos y verbos pisoteados. Tenía que encontrarlo, verle la cara. Aunque sabía que era imposible, que Billy se había perdido en el viaje tranquilo de los locos. Que había muerto en silencio dejando pistas y palabras sueltas.

El aire frío de la medianoche. El rocío hecho plasma con el smog. El cigarro cuelga muerto de sus labios perfectamente horizontales. Cerillo. Empieza la vida del humo, se consume en el fuego del instante y cruje en el silencio de la noche. El bar ostenta un letrero llamativo “Morbobar”. Una cerveza oscura. Ámbar. Se aleja el mesero, un muchacho flacucho de unos 20 años. No hay mucha gente. Es miércoles. Un día en que uno prefiere descansar la cartera. Bebe de la cerveza y mira alrededor buscando algo que no sabe. Billy lo había llevado una vez allí. Reconoce la rocola y las marcas de los puntapiés de aquella noche. El mesero. Si. Sin la cara hinchada ya no se reconocía. Pero hacía mucho tiempo de ello. Nadie lo reconocía ahora entre las mesas.

— Señor tiene que pagarme esta cerveza para poder servirle otra- Y se percata de que los meseros si tienen memoria. Reconocen al que no les deja propina y encima le pone una madriza. Pero la cara de hipócrita, de lambiscón, de gato de pelaje afilado y esas manos insistentes que desean darse existencia, siempre son las mismas. Le paga con uno de cien. En fin que no quería bronca. Billy se hubiera levantado a darle un escarmiento al mocoso. A llenarle de agujas los párpados y prenderle fuego hasta en los huevos. Sonríe de pensar en ello. De imaginar la cara de alegría de los parroquianos aburridos. La cara llena de la fogosidad que da el dolor ajeno. Pero Billy no estaba. Se había perdido en el frigorífico del silencio. En el tumulto de colchones y canciones. Polvo.

Otra cerveza. Bebe tranquilo. Intenta olvidar las palabras que zumban sigilosas en sus oídos. La mano. Nervuda, amarillenta por el cigarro. Aprieta el puño y la ve hincharse, llenarse de vida por un instante. La siente fuerte. Dura. La levanta tapando la luz que le llega desde el foquillo de la esquina. La deja caer sobre la mesa y sonríe. Billy le hubiera azuzado. Le habría dicho que salieran a buscar a alguien a quien voltearle la nariz. La noche era siempre aburrida para él. Necesitaba excitarse, sentir algo de calor en su cuerpo y las voces, siempre las voces. Pero Billy ya no estaba allí, había corrido tras la escarcha florida y sólo quedaba su eco. ¿Vendrá a despertar al niño muerto… Cada vez mas quedo en su cabeza. Otra cerveza. El mesero ya no desconfía. Total, se acostumbran a tratar con peores, piensa.

Camino a su casa el cielo se desangra. Las nubes van apartándose lentamente. Recorre las calles sin prisa. La mirada baja y el recuerdo de una noche ya lejana. Billy decía que no había nada mejor que tocar el violín al amanecer. Acariciaba las cuerdas imprimiéndoles una vida nueva. Levantaba el arco y lo deslizaba haciendo un vibratto eterno. Me duelen los surcos de los dedos y los nudillos de la mano, decía y guardaba el violín en el estuche, con parsimonia, como si se tratase de un niño muerto que, en brazos, llevara a un ataúd de terciopelo tinto. Sube las escaleras, sin nombres ni rayones en las paredes. Abre la puerta de su departamento.

Dentro la noche no ha escapado. Las cortinas gruesas resguardan las ventanas de latón. Sobre la mesa las hojas. Agarra una. Otra. Lee y las deja caer en el piso. ¿Vendrá a despertar al niño muerto… ¿Por qué le había escrito eso? Billy lo sabía, había dejado pistas y silencios tras las paredes, para que el caminara sobre sus pasos marchitos. Se sienta en el sofá. Mira alrededor. Los cuadros, los libros, los instrumentos. Todo allí formando el collage de su vida. Billy se hubiera reído de verlo allí, sentado esperando algo en silencio. Desentrañando mensajes en la oscuridad. ¿Por qué le había escrito eso? Escribe en la misma hoja. Aguarda un instante, levanta la vista del papel y recorre mentalmente los lomos de los libros dormidos. Porque sí. Dobla el papel y lo desliza sobre el escritorio de madera.

Se recuesta sobre el sofá y cierra los ojos. La cabeza le da vueltas. La cerveza, el mesero de cara hinchada, la rocola deshecha; todo confluye. Abre los ojos y mira alrededor. Nada. Piensa en Billy, en su caída oscura entre jeringas y espadas de fuego. Piensa en Billy. ¿Por qué lo hiciste? Le pregunta. Pero sabe que Billy esta muerto. Ceniza del espejo. Y recuerda al niño, al de la puerta abierta, al muerto, y a Billy sonriente junto a él, con la cuerda del violín llena de sangre. ¿Llegué a despertarlo… se pregunta. Pero Billy no había dejado más pistas, había dejado sólo silencios y él, bajando las escaleras con calma, dejando la puerta abierta, viendo los letreros en rojo, los obscenos nombres de mujeres. Y Billy ya no estaba allí, se había marchado a la estepa del fuego. Cierra los ojos. ¿Vendrá a despertar al niño muerto… Pero ya no intenta responder. Se pierde en la calma oscura del sueño, en el calor de la noche ficticia donde el violín desmembrado no cuelga de su pared.

 

*Texto publicado originalmente en Zona vacía. Antología de literatura sobre la muerte, editorial Limbo, 2006; México.

acerca del autor

Roberto Visantz

Roberto Visantz. Tepic, Nayarit (1985). Es licenciado en Letras Hispánicas por la UdeG. Es maestro en Estudios Filosóficos por la misma casa de estudios. Tiene publicados dos libros, Las humedades, (Editorial Limbo) y Las mil muertes absurdas o como escribir una novela (CECAN). Ha sido periodista para medios universitarios y editor de información, además de docente en diferentes niveles académicos.

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