Crónicas de cine

C

I

Cuando llega la madurez, y con ella la edad, el cine comienza a resultar aburrido. Deja de ser el lugar secreto, casi un altar, donde todas las tardes te ocultabas del sol y de la sombra de uno que otro moralista para empezar una aventura de manos calladas y miradas fijas en la pantalla, donde el verdadero acto erótico ocurría en el asiento de al lado o sobre tus piernas, mientras continuabas mirando la luz del proyector escupida sobre tu cabeza.

Por lo general, la película resultaba aburrida y tú, lleno de güeva, la besabas y la seguías mirando mientras tu mano esculcaba bajo su blusa. Si era de terror mirabas fijamente la pantalla y, en un sobresalto inesperado, metías tu mano debajo de su falda, aprovechando el susto, para comenzar a masturbarla. Cuando era cómica llegaba tu hora, ella se trepaba en ti, dándote la espalda y algo más, se quitaba la pantaleta, inclinándose un poco hacia delante, y te la lanzaba a la cara dirigiéndote una mirada lúbrica y, así, viendo ambos la película, comenzaban a hacer el amor mientras ella fingía sus gemidos en la risa de los demás.

El cine representaba toda una vida fuera de pantallas; pero ahora estás sentado, solo, con un gran refresco a tu derecha y la libreta sobre tus rodillas para cumplir tu trabajo de crítico de cine, y no encuentras a la mujer a tu lado, sobre ti, ni siquiera en el acto erótico llameante de Alfonso Arau, que culmina entre maderas y fuegos artificiales, no te encuentras en la pantalla, en la butaca donde sólo te percatas del deseo, de esa cruel bestia esclavista que logra la erección de nuestra sensibilidad, esa bestia que nos vuelve estúpidos ante un par de tetas o un escote vulgarmente prolongado. Entonces volteas y la miras, de vestido de licra azul, a dos asientos de distancia, ocultando sus labios con su mano izquierda, sola, en espera de una palabra, un gesto o, simplemente, de que se acabe de una estúpida vez esta película tan ridículamente cursi. Pero no te decides abordarla, le temes, le huyes, temes la negativa o incluso que acepte, le temes a sus dientes finos y a su mano blanca que bien podría esgrimir un látigo de cuero, pero es demasiado tarde, ella te ha mirado y te sonríe como María o Helena, con el nombre quebrado en la boca, indescifrable, y sabes que es tu deber tomar los fragmentos de la voz y reconstruirlo, de darte una idea de quién es esa mujer, de su porqué solitaria en el cine, si su novio la plantó o está en caza de hombres, y piensas que es una fichera, una puta de salas con olor a palomitas, de placer, y le vuelves a temer mientras, involuntariamente, le sonríes con lo que parece ser una mueca, pero ella entiende, sabe que has recogido las piezas reconstruyendo su nombre así como ella enmendó el tuyo, y dejas de lado el pánico, te levantas y la ves más de cerca, sus ojos grises se mueven de manera seductora, advirtiéndote que debes ir con cuidado, que las curvas pueden ser muy prolongadas para tus manos fofas carentes de control, te recuerda que hace años que no tienes relaciones piel a piel y se pone de pie como se hubiera puesto de rodillas, sensual, y te mira con morbo, lentamente, acercándose a ti para susurrarte que si quieres volver a ser joven y de nuevo jugar con ella, sólo que, esta vez, en las reglas queda penado el abandono.

 

 

II

Los narradores contemporáneos, de los crecientes movimientos contraculturales, han dejado de inspirarse en las líneas de los poetas para pasar a aspirarse una que otra línea que algún poeta de buen viaje les regale por debajo de la alfombra. Pero Litaí no lo entendía, estaba atrapada entre un romanticismo casi vulgar y un retrograda modernismo que pretendía un regreso hacía los códigos estéticos ya extintos. No entendía la agonía de aquella literatura tan empolvada y tan poco digerible para los nuevos lectores, ávidos de imágenes estilo cinematográfica: rápidas, potentes, con la fuerza combinada de la pintura y la poesía cubierta de ácidos. Era así como yo soñaba escribir, con el emblema en la frente de un nuevo y temible batallón, el de los hijos literatos de Atíla, sembrando los campos con palabras después de la masacre para que ya no floreciera ninguna pendejada, ningún sentimentalismo cursi, ridículo o incluso kitsch, que nos regresaba a los dadaístas o a cualquier movimiento burgués en agonía constante.

Es por eso que le presenté a Juan, “El Greñas”, para que se metiera más en la onda que nos traíamos, ya que no era tan culero para no compartir de esta nueva oleada de sabiduría pura, fresca, sumando que ella cargaba con muy buenas armas, cartas de presentación de aquí hasta China: un culo fenomenal y unas tetas firmes dispuestas a cualquier cosa.

Cuando llegamos estaba El Greñas sentado con dos de sus amiguitas que, luego nos platicó, acababa de convencer para que hicieran un desnudo artístico, estilo Bang Bus o Penthouse, algo que diera en apariencia un hardcore y en esencia fuera arte puro; una especie de pornografía artística donde la diferencia con lo pornográfico vulgar sólo era su contextualización. Alabé su ocurrencia mientras Litaí nos miraba con repudio, como miraría a un apestado del morbo y la lujuria, que en realidad era nuestro modus vivendi pero poseíamos nuestras credenciales, etiquetas para no pasar por vulgares: escritor y fotógrafo.

Ella, egresada de la carrera en Artes Audiovisuales, contaba con muy pocas amistades jóvenes en el ámbito debido a su postura del retroceso, agregando la amistad que sostenía con directores y pintores de una época entelarañada, cerrada, tapiada, enlozada y siete metros bajo tierra. El Greñas no quiso saber más de su biografía: le pasó una chela y le dijo que se relajara, que ya habría tiempo de conocerse mejor, sin necesidad de que accediera a subir a la cama con él, rió solo de su ocurrencia y comenzó a narrarle, con detalles sobrenaturales para su manera -más bien fría y seca-, de lo que simbolizaban las drogas, las imágenes y el nuevo cine en una sociedad ávida de frenetismo y espontaneidad, llena de deseos aún innombrables; le relató historias venidas muy al caso, donde hablaba de los grandes problemas mundiales ocasionados por los burgueses y sus afanes conservadores, de la concha y las arañas que ya no nos importaban después del primer pasón y las cinco chelas de rigor. Ya, desvariando, y después de que Litaí se echó el primer ácido, comenzamos a entendernos mejor y a reírnos de nosotros mismos, dejamos promesas e insignias nuevas, apoyos y futuros donde juntos podíamos comenzar un nuevo movimiento, que fuera más político que literario, o ambos, hermanados con el único fin de unificar a la sociedad por medio de la conciencia estética, ideológica, loca pero pacifista, donde un hongo movía más que Cristo y sus montañas, pero no más que PEMEX. Ambos se rieron de mi ocurrencia y no aguantamos más, excitados con tanta palabrería estetizante, nos encamamos los tres para hacer el amor como nunca antes se había hecho: artístico, sensual y grotesco, sellando nuestro pacto, sin sangre, pero con fluidos.

De ese movimiento y de esas promesas no queda nada, sólo el vago recuerdo de una noche esplendorosa donde pude conocer la verdadera belleza y entender a los clásicos a través de las nalgas de Litaí, desaparecidas desde entonces a mi vista. A El Greñas lo metieron al bote por incorporar niñas desnudas en su arte y exponer su movimiento vía internet. De Litaí sólo sé que la última vez que la vieron fue al lado de Fadanelli y Villarreal, discutiendo la importancia del avance en los códigos estéticos cinematográficos.

 

 

III

Pasillo. Luz dorada entrando escasamente por la ventana. La cámara recorre el suelo, las paredes, se acerca a una puerta que yace dormida al fondo del largo pasillo. La luz ilumina y ofusca la visibilidad nítida. Puerta. Se abre sin crujir. -¡Corte! No me gustó nada- y el director se levanta para mostrarles la puerta, la palpa, diciéndoles en un lenguaje absurdamente acompasado, que esa puerta tiene que abrirse con violencia, como si una ráfaga de aire intentara entrar al pasillo. -Todos a sus casas, continuaremos mañana-.

La calle. Carros corriendo con sentidos fijos, formando una gran cadena de desesperados que pretenden llegar a sus casas, o a las hamburguesas. El director camina por la acera, lento, mirando el suelo levemente tapado por su vientre prominente. Se detiene. El semáforo dice ALTO con su luz roja epiléptica. Espera y mira a la gente que a su lado pasa, sobre todo a las mujeres y a uno que otro hombre de vestir excéntrico. Mira las caderas de ellas, sus cabellos largos o cortos, según fuera el caso, ambos eran arte, como en el cine, no importaba la longitud de la película, bien podría ser un cortometraje o un largometraje, lo único en verdad importante era la belleza de producción. Las mujeres pasan y ninguna lo mira. SIGA. Cruza cauteloso la calle, desconfiado de los camiones que avanzan a al(t)as velocidades.

Siempre quiso inventar historias, desde temprana edad, cuando descubrió su deseo de ser escritor. Leía mucho, lo suficiente para que pasara por ñoño o por retraído en su escuela, pero siempre le importó un huevo los demás. El quería ser así, retraído, excéntrico, no deseaba ser normal como todos, sentía atracción por lo extraño y deseaba serlo, una rara mezcla amorfa de artista y sabio tragón; leía todo lo que estaba a su alcance, desde el libro vaquero hasta Nietzsche.

Todo lo mira como si estuviese dentro de un cuadro, con la posibilidad o el sueño de que un día filmaría todo aquello que encontraba por las calles. Llega a la parada del camión y piensa en un cortometraje que vio en la Muestra de Cine del 2004, el tedio de los trenes y los camiones, el transporte público en sí.

-…son?- se sobresalta, la mujer lo mira esperando algo que él no logró entender. Ella advierte su incertidumbre y vuelve a repetir la pregunta -¡Que qué horas son!- pero esta vez en un tono distinto. Él la mira, la recorre como intentando escalar su rostro con los ojos. Su rostro blanco y sus cabellos largos y lacios; le resultaba hermosa, amaba el contraste que hacían unas cejas negras y pobladas en ese rostro lechoso, casi albino. Le dice la hora y ella se da la vuelta sin olvidar el gracias. Esperan el camión.

Por extraña razón no quería que en ninguna de sus películas o cortos faltase una mujer. Se decía feminista, para justificar sus verdaderas razones. Estaba enamorado, no de una actriz en específico, de todo el género, de todas las femmes. Tenía el clásico corazón del poeta perdido, corazón de mosca titubeante, chocando contra todo objeto en su camino, sin intentar esquivarlos. Así con ellas, las veía y se prendaba, se encajaba en el pecho dudas y preguntas, sufriendo el trabajo con ellas como si fuesen las últimas mujeres en el mundo. Hacía especial a cada una, sin poder nunca enamorarlas. Mientras, detrás de los monitores, alguien sangraba de amor y maldecía su suerte.

38-A, ese era su camión pero ella esperaba otro y, de pronto, su propio destino se trocó, la rutina rota a sus pies y la dirección de su casa quedó sujeta a la extraña hermosa de las horas. Esperan. Carros y más carros.

Comienza a oscurecer

Noche

Luna

Sombras descompuestas

y el bullicio comienza a ser menor por las aceras de la avenida. A lo lejos se escucha cerrarse una cortina metálica, luego otra, una persona grita que es hora de irse, y tiene razón. 368, ella sube y miro su pantalón de mezclilla negro. Subo y nos miramos; me sonríe y no sé qué hacer. Pagamos. Se sienta y me quedo bobamente parado a su lado, ella me invita a sentarme, accedo, sin miedo, sin desesperanza, sin que los deseos se esfumen por la coronilla de mi cabeza semicalva. Me mira y mueve sus labios, habla de mis películas, pero yo no le doy importancia, mudo, me concentro en sus ojos, y ella que siempre ha admirado mi trabajo, desde que empecé con el cine callejero, pero yo dentro de su mente, navegando en la inmensidad de su pupila, sin verme reflejado, sólo sombras y el camión que avanza como la carroza de fuego que raptó a Elías, pero el silencio me envuelve, me disuelve entre su cuerpo, sus labios se mueven lentos y sus ojos se difuminan entre brumas, entre sombras cortadas con cuchillos. Asesinato. Han matado la imagen, la imagen de los ojos, de las sombras en sus labios, sin voz, sin palabras sobre mi vida de director y grito fuerte, grito y ya no estoy sobre el camión, ya no miro a aquella mujer hermosa. Frente a mi los monitores blancos parpadean y a mi lado alguien me dice que la última escena salió perfecta, que la vida del director fracasado en el amor será un éxito. Y lo miro con odio, casi con repugnancia, y le suelto un golpe justo en el centro del rostro y lloro, lloro por los años perdidos, por las ausencias y las soledades, lloro, lloro por no haberme subido a ese camión y haber tenido un romance idílico. –Gracias- lloro -todos pueden irse a sus casas- llanto.

 

*Texto con el que abre el libro Las humedades, escrito por Roberto Visantz. Editorial Limbo, 2004.

acerca del autor

Roberto Visantz

Roberto Visantz. Tepic, Nayarit (1985). Es licenciado en Letras Hispánicas por la UdeG. Es maestro en Estudios Filosóficos por la misma casa de estudios. Tiene publicados dos libros, Las humedades, (Editorial Limbo) y Las mil muertes absurdas o como escribir una novela (CECAN). Ha sido periodista para medios universitarios y editor de información, además de docente en diferentes niveles académicos.

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