Días de calor o la transgresión moral

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Ese día hizo tanto calor que los deudos se vieron obligados a deshacerse de su luto, los darketos cambiaban las botas por huaraches y los jipis, para estar más a sus anchas, simplemente se desnudaron y descansaron durante todo el día (como si resultase extraño). De noche las niñas descubrían su sexualidad, insomnes entre las sábanas y la ventana abierta, mientras las señoras fodongas volvían a arder entre los brazos fofos de sus maridos. Corrió cerveza fría por la ciudad, entre las calles y banquetas, por los recovecos más exangües y las tuberías más tétricas; se llenaron corazones y riñones de un calor helado, calor mental y frío corporal. Se desechaba el vino como la mala hierba del alcohol y la cerveza ganaba seguidores y precio. Los valores cambiaron: subió el agua y el kilo de hielo; se vendían refrigeradores y ventiladores al por mayor; Elektra dejó de dar en abonos chiquitos congelados; Fábricas de Francia fracasó en su moda otoño invierno. El sol era el nuevo gobernante de todo, regresaba a su trono perdido, el trono de donde lo bajaron a balazos. De la tierra comenzaban a brotar plantas extrañas y pronto no faltó más de alguna persona, o borracho en cuestión, que jurara haber visto dinosaurios al final de la calle. Se inventaban historias y se soñaban mujeres de hielo, desnudas sin que la piel se les derritiese al tacto.

Pronto se empezó a sucumbir a la tentación de volverse jipi y, así, justificar el cuerpo desnudo en nombre de un movimiento social. El gobierno, al notar el incremento del número de mugrosos zarrapastrosos, no tardó en promover una nueva conciencia cultural y moral, para evitar tanto encuerado que se la pasaba haciendo NADA todo el día.

Nada f. El ser en carencia que está acostado todo el día con una chela bien fría en la mano que no tarda en desaparecer entre los labios”.

El nuevo movimiento, promovido por el Gobierno Municipal, Estatal y Federal, se componía de 29 artículos en los cuales se dejaba patente: la posibilidad de andar desnudo en calles, parques, jardines o cualquier lugar de nuestro territorio patrio siempre y cuando se estuviera realizando una actividad diferente a NADA; se legalizaba el sexo en todas sus facetas desde los 8 años de edad cumplidos antes del 28 de febrero; la prohibición de desnudos a mujeres y hombres mayores de 60 o que presenten enfermedades severamente antiestéticas. En el lapso de 12 horas la nueva ley entró en vigor el día tal del mes tal a tales horas. Así, el nuevo movimiento cultural, estético, artístico, gubernamental, moral y de toda clase de adjetivos que se le colgaran cual nuevo arbolito de navidad, quedó formalmente legalizado.

Las protestas de señoras solteronas súper religiosas que, según decían, estaban horrorizadas ante esta abominación social humana pronto fueron calladas por el calor y la oleada de sexo libre que se las llevó entre las piernas, o las ramas.

Desaparecieron los chiflidos en las calles atestadas de albañiles y las miradas lujuriosas de los ancianos de parques o cafés; en breve se olvidó el morbo y las sex shops. El mundo seguía girando y las horas perdían importancia; se trabajaba de noche y se dormía de día, se tomaba alcohol a todas horas pero ya nadie se embriagaba, se olvidó la rutina de fumar y las calles terminaron presas de una limpidez jamás imaginada, ni soñada posible.

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Oficina gubernamental. –Señor, le traigo la primera cerveza del día- el viejo fofo sonríe detrás del escritorio y se levanta –Gracias Juan, ¿por qué no te traes otra y nos sentamos a platicar al lado del ventilador?- Juan sonríe y sale corriendo feliz de la oficina para pronto regresar con una cerveza bien fría oculta entre las manos y platica, como nunca antes lo hubiese hecho con su patrón, como humanos, desnudos al calor infernal del día.

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Los sacerdotes comenzaron a tergiversar la Biblia. Se corrió el rumor de que el Edén sólo podía existir en un sitio tan caluroso como aquél y que nunca fue tan verde como se imaginaba, pensando que el verde, ese vigor de vida fácil, sólo hacía aflorar sentimientos ociosos y deseos malsanos. Se mandó a Satanás al cielo y a Dios al infierno donde, gracias al poder gubernamental persuasivo de las flamas, se mantenía la paz y el sexo era algo aceptado, mientras la ciencia y las artes permanecían dormidas en el cielo, en el árbol verde del bien y del mal.

Se mantuvo la calma y la felicidad. Las fiestas perdían su nomenclatura natural y pasaban a ser misas. No hubo alteraciones al orden ideológico y social, la revolución yacía endurecida en los cayos de los pies. No hubo muertos ni mujeres atrozmente violadas en las calles que ahora permanecían llenas de deseos. No hubo rupturas familiares ni levantamientos sociales, el amor los envolvía y se compartía con cada uno de los habitantes de la pequeña ciudad. Hasta que llegó la lluvia con la conciencia de sus pecados a cuestas, desmigajando la cortina de amor y sopor, y volvieron a la vista los edificios, las calles sucias, los cuerpos atractivos en flor, en residuos de seducciones y morbo despertando lentamente en la mente.

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Oficina gubernamental. Afuera lluvia. –Te traigo el primer café del día- el viejo fofo hace una mueca detrás del escritorio y se mantiene sentado, -Gracias. Puedes retirarte-. Juan lo mira con tristeza y se da media vuelta de regreso a su oficina llena de papeles -¡Ah!, por cierto- Juan voltea rápidamente y sonríe –no me tutees-, dice el viejo con su frialdad ahora habitual.

 

*Cuento publicado originalmente en Las humedades; editorial Limbo, 2004.

acerca del autor

Roberto Visantz

Roberto Visantz. Tepic, Nayarit (1985). Es licenciado en Letras Hispánicas por la UdeG. Es maestro en Estudios Filosóficos por la misma casa de estudios. Tiene publicados dos libros, Las humedades, (Editorial Limbo) y Las mil muertes absurdas o como escribir una novela (CECAN). Ha sido periodista para medios universitarios y editor de información, además de docente en diferentes niveles académicos.

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