El presidente que leía a Ríus

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Escondido bajo las sábanas de su cuarto, atento a los pasos de su madre en el largo pasillo, el niño presidente -porque al final, todos los tiempos transcurren en uno mismo y desde bebé ya el incipiente copete se le asomaba con alevosía- devoraba con los labios apretados y los ojos bien abiertos las páginas de “un Ríus”.

El morbo que le producía la palabra comunismo encontrada -y subrayada- una y otra vez a lo largo del libro, le lanzaba a los aires de la excitación con un pequeño asomo de valentía viril -el puño en alto bajo las sábanas-, imaginábase como un libertador de las masas, un populista más que libraría de la ignorancia a la sociedad, abriendo las puertas y señalando el camino con la punta erecta de su copete… sueño que terminaba, rostro blando-pálido, cuando en el pasillo resonaban los tacones de la autoridad.

-No debes leer eso bebé-, le decía una y otra vez mientras él se sumía en el llanto del chantaje haciéndose un ovillo sobre su suéter de “osito cariñosito”, -esos libros te van a secar el cerebro, y tú debes ser fuerte, tú vas a ser el próximo presidente-. Pero el niño presidente no quería saber nada de su futuro, sólo deseaba sumirse nuevamente en la fantasía de las páginas donde los hombres malos se hacían presentes -y hasta familiares- en la burla y el sarcasmo sencillo del autor. Y así continuaba, sin que su padre Atlaco… supiera nada, apilando en la parte alta-trasera del clóset decenas de libros e historietas.

Las narices pronunciadas, el sexo sin tapujos, la política contestataria y la mofa religiosa, le hacían soltar risitas infantiles de vez en cuando; su lectura era un acto de rebeldía, un alzarse contra su familia, enfrentar a su padre que mantenía cautiva -de pensamiento- a su madre. No se sacó los ojos.

Con linterna en mano, repasó una y otra vez “Los supermachos”, “El católico preguntón”, “El fracaso de la educación en México” – es necesaria una reforma, se dijo- y al llegar a la “Revolucioncita mexicana”, entendió todo: él no quería ser presidente. Él deseaba viajar por el mundo, observar las pinturas que en Ríus se volvieron herejías con diálogo -no sabía si al final ese niño dios era tal o simplemente era un foco-; quería burlarse de los políticos en su cara-narices y alzarse conocedor de la verdad hiriente; hablar de sexo sin tapujos y practicarlo -por qué no- de día y de noche, pedirlo “por favor” cuando le preguntaran, si es que sucedía, y contar a todos las glorias del onanismo alegre en el que se sume la mente que con risas pasa el sufrimiento.

El niño presidente se desacomodó el copete, finamente labrado por los vasallos de la casa, en señal de evidente rebeldía con tintes anárquicos.

Con la palabra luchó. Su arma ácida desbarataba en lágrimas a su madre “ya no eres mi niño”, mascullaba en sollozos presa de la desesperación, y su herejía normalizada se convirtió en el cinturonazo esgrimido por las manos de su padre. Era dolor. Sólo dolor. Eso lo redimía ante los Ríus escondidos en su alcoba.

Nada logró. Era necesario un cambio de estrategia para lograr que los ruidosos Ríus se multiplicacen por toda la tierra.

El joven presidente -porque siempre se es joven, pero no siempre presidente- lo había decidido, era el momento de acabar con todo el sistema fundado por una bola de bandoleros vestidos de revolucionarios. Era necesario empezar de cero. De mirar a otro lado, un lugar donde sus ideales aprendidos en las miles de páginas consumidas se hicieran realidad… pero para eso, sabía, necesitaba entrar al mundo que es el objeto estético y deseado de la burla en sí: la política.

Con “un Ríus” bajo el brazo entró. Siguió los pasos enseñados por su padre -fingía- con el fin de lograr su cometido. Un escaño, otro, una gubernatura y de repente, ya era un candidato. -Mis planes han dado resultados- pensaba en silencio cuando un hombre de traje lo intentó confesar, él sabía su secreto, sabía del Ríus que lo acompañaba siempre, pero nada podría salir -¿Cuáles son los libros que marcaron tu vida?-, -antes el ridículo que la verdad-, se dijo en silencio y sucumbió.

¿Qué sabían ellos? ¿Qué conocían de su persona todos esos que ocultos tras las pantallas se burlaban de él? No, no debía ser así. Él quería que todos se rieran de los malos estereotipados verde-blanco-rojos, de los gandallas de bigote y sombrero que los dejaron en los sueños del opio. Del terrateniente entacuchado y el amigo con charola, del político fufurufo y sus manos largas, extendidas hasta los bolsillos de los votantes. De las narices, sí, siempre de las narices…

El adulto presidente se afiló el copete. Quería retomar el camino, remendar el yerro. Que ellos confiaran en él como su madre no lo hizo nunca. Pero ya era demasiado tarde. La banda presidencial colgaba de su hombro derecho y nadie esperaba encontrarlo con un Ríus bajo la solapa, no, no había otra salida, no le quedaba más que hacer de su experiencia -frustrada libertad la que le tocó- una parodia de sí mismo, una burla que fuera la historia jamás contada del presidencialismo mexicano, de la pluma de un monero de la talla de su héroe de infancia. Lo logró.

acerca del autor

Roberto Visantz

Roberto Visantz. Tepic, Nayarit (1985). Es licenciado en Letras Hispánicas por la UdeG. Es maestro en Estudios Filosóficos por la misma casa de estudios. Tiene publicados dos libros, Las humedades, (Editorial Limbo) y Las mil muertes absurdas o como escribir una novela (CECAN). Ha sido periodista para medios universitarios y editor de información, además de docente en diferentes niveles académicos.

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