Idiotas y analfabetas

I

Contrario a lo que piensan las masas, el analfabeta y el idiota no nacen de situaciones hermanas. No. Antes bien se ven infinitamente separados en sus capacidades que los inserta en el mundo antes que cualquiera de ellos pueda articular coherentemente una palabra.

El primero de ellos, el analfabeta, enfrenta su destino de manos sucias desde su nacimiento. Impedido, por su condición de marginalidad y pobreza, a la enseñanza de las letras y los números, alejado del brazo protector del estado “benevolente” crece rodeado de la maleza salvaje de palabras en el aire que narran historias llenas de fantasías de ancianos que dejan fluir el mundo a través de su boca, haciendo menos cansado el trabajo repetitivo y ardiente que día a día forja los nudos de sus puños.

El analfabeta acepta la fatalidad. No desea pues no es libre para albergar semejantes sentimientos. Su condición lo ha alejado de todo aquello que denominamos felicidad para ceder ante el deber ser. Pero en sus horas bajo el sol y lluvia, el analfabeta no necesita de las letras impresas para cantar, pues es su memoria su mayor bien.

En cambio, el idiota va ufano por los caminos del conocimiento dogmático, repitiendo cánticos y latinajos de los que desconoce su significado, se inserta en el mundo con la boca llena de un “ego sum” que grita para imponerse ante los otros, al tiempo que recita frases que le fueron instaladas en la memoria y que confunde con una postura política. El idiota no tiene memoria más allá de la otorgada en el adoctrinamiento, pues es la palabra impresa o digital una extensión de su cuerpo que utiliza a conveniencia. La arrogancia del idiota radica en saberse conocedor de la verdad a través de los mantras sociales permitidos: “el cambio está en uno mismo”, “ya pónganse a trabajar”.

Alfabetizado, el idiota es el producto de un sistema educativo fallido, un sistema de superficies que premia el plagio y la repetición, el sometimiento y el dolor de rodillas, negando todo aquello que genere dudas que cambien su visión del mundo, de sus deseos. El idiota está lleno de ellos y luchará por sus deseos aunque deba pasar por encima de los cuerpos de los otros.

Con visión obnubilada alcanza a percibir la realidad en un radio de corto alcance, accediendo a lo inmediato que le brinda satisfacción al salir del godinezco esfuerzo diario. Los deseos del idiota terminan por atarlo, por impedirlo; para él la realidad está dada y es inmutable.

Quizá exista un frágil punto de unión entre los analfabetas y los idiotas, una línea perpendicular en la que ambos podrían convivir sin necesidad de proceder a la descalificación: la ausencia de la libertad.

Y así, insertos en una realidad construida artificialmente y que creemos imposible de cambiar, nosotros, idiotas o analfabetas, seguimos caminando ufanos o impedidos entre sus venas, sin saber, a veces, a qué clase de seres pertenecemos, que, en mi caso, desgraciadamente sé escribir.

acerca del autor

Roberto Visantz

Roberto Visantz. Tepic, Nayarit (1985). Es licenciado en Letras Hispánicas por la UdeG. Es maestro en Estudios Filosóficos por la misma casa de estudios. Tiene publicados dos libros, Las humedades, (Editorial Limbo) y Las mil muertes absurdas o como escribir una novela (CECAN). Ha sido periodista para medios universitarios y editor de información, además de docente en diferentes niveles académicos.

deja un comentario

Posts

Categorías

Comentarios recientes