Los amores vertiginosos

L

 

¿No es cierto que había en esa posibilidad funesta […] el imán silencioso de un abismo cuya íntima penumbra lo llamaba con la autoridad de la luna sobre el Hombre Lobo, caverna de neón en el desierto, carro de la montaña rusa con ruedas resbalosas y cinturones rotos?

Xavier Velasco

Diablo Guardián

El teléfono repica por quinta vez. Afuera, la luna llena sigue creciendo, iluminando. Tomo la bocina, -¿bueno?- es María, tengo un mes sin hablarle pero ella no me reprocha, sólo guarda un adecuado silencio que llego a confundir con sueño. Hablamos de banalidades, sin caer en el clima. Yo no tengo el menor entusiasmo. Le respondo con monosílabos e intento, o finjo, contarle chistes macuarros, ocurrencias de poeta borracho. Hasta que la noto extraña, tal vez por su tono de voz, o su pausa medida mefistofélicamente entre cada palabra. Está herida, sentida, con el pecho desgarrado tapado con una chamarra de piel, por pudor. Así me lo imagino. Duro, impenetrable, infranqueable, indesnudable y toda la sarta de in o im que podrían llenar esta hoja. Prendo el televisor mientras ladeo el teléfono con el hombro; la siento más cerca y ella tan lejos.

Vacaciones. Sí. Y nuestro romance terminó con la universidad. Ella se fue con su familia, a Viena, y yo me quedé unos días, antes de marchar a mi casa paterna en Aguascalientes. Ya me había advertido –la distancia es mi mayor enemigo-, pero no se percataba de la dialéctica que existe en el espacio, en los vacíos, en la constante lucha con lo cercano para alejar lo inminente.

Los Simpsons. Homero me distrae mientras continúo escuchando su silencio. Segundos. Minutos. Mutismo. Y comienza a desesperarse, a decirme que se siente mal (Homero entra rodando por una ventana mientras grita como estúpido), que la distancia y las madres, que –no eres nada detallista conmigo, ya no te importo- y la praxis la obligaba a alejarse de mí. No cambio mi postura, ojos en la tele oído al teléfono. Ausente en el MSN. Le cuento pasados, la lleno de temores inventados donde yo era la víctima, sangrado de las relaciones antiguas. Perdidos mis detalles en mujeres crueles, infortunios de manos húmedas. Pero ella no quería ser la mujer perfecta, la sumisa, la madre, la que espera y da sin recibir. Reciprocidad (Homero recibe un golpe en la cara al abrir la puerta).

En Aguascalientes volví con mi ex-novia, la que según eso me había hecho sufrir tanto. Nos amábamos con locura y calentura. Inseparables. Inoxidables en el tiempo. El sexo era nuestro lugar común, en él volvíamos a conocernos. Principio. Nueva relación. Amor reinventado. Eunice era hermosa, casi como una Nicole Kidman o la Minerva de Guadalajara, que no es otra que la esposa que tuvo Yáñez vestida de mal gusto. Ella usaba faldas cortas todo el tiempo. Negras, rosas, tableadas, levantadas por mi mano para ver su tanga. Bella. Cabellos castaños y rizados, suaves. Rostro tierno, con toque infantil dado por las efímeras pecas y labios lúbricos. Deseada en la cama o en el suelo. De pie. Sentada o a cuatro.

-Háblame en cinco minutos, por favor, sale cara la llamada-. Cuelga. Cuelgo. Bep bep bep. 016292… y la infinidad de números me abruma. Viena = Caro. Caro = Cuenta de teléfono. Cuenta de teléfono = No comida. Comparaciones que podrían seguir hasta verme en la calle, bolillo en mano, pidiendo frijoles por el amor de Dios. Se terminan Los Simpsons y apago la tele antes de que me sorprendan ocioso los infomerciales. -Hola- prendo un cigarro. Seguimos hablando pero esta vez yo pago. Hablo, apresuro. Terminamos por diferencias, porque no somos compatibles. Yo sufriendo. Mintiendo el temor al retroceso, al herido pasado sentimental. Pero el temor a la soledad es más fuerte. Me arde el estomago. Punzadas. Fuego. La gastritis está de moda. Y le digo que tengo hambre. Silencio. Estática. La luz de luna inunda mi sala de focos fundidos.

Eunice se fue a Yucatán. La carrera la llama. Filosofía. El pensamiento y la superioridad al tener una credencial que te avale como un ser diferente. Estudiante de Filosofía por la Universidad Autónoma de Yucatán. Lejos. Mis manos secas sin su humedad. Pero no hubo llanto. Sólo alegría y perversiones futuras. Promesas de libido y lenguas afiladas. Se fue esa tarde común, sin ningún cambio. Esa tarde sin lluvia. Sin vientos de premoniciones extrañas. El Céfiro no murió, ni yo, ni ella.

Le digo que voy a cambiar, por ella, por María de tres meses. Se pone feliz. Le prometo e-mails y le digo que la quiero, que en verdad me siento seguro a su lado. Pero miento. Mi seguridad es el vértigo. Ese deseo de caer que Milán Kundera profetiza y Xavier Velasco cumple. La caída segura. Dolorosa. Sexual. Inseparable del amor. De la emoción y la perversión donde encerramos a Sade. La habitación oscura que desde lo alto miramos, al descender, con placer, con ese infinito goce por el choque, por despedazarnos. Cuelgo y marco de nuevo. Beeeep beeeep –¿Bueno?- y le digo que la amo, que la deseo, que ojalá este embarazada de mi y nos casemos, nos escapemos a Nebraska a Ibiza, a cualquier lugar donde recomenzar el amor, el sexo. Y Yucatán se despide y me ama, mientras yo cuelgo, excitado, mirando la luna llena.

 

*Cuento publicado originalmente en Las humedades; editorial Limbo, 2004.

acerca del autor

Roberto Visantz

Roberto Visantz. Tepic, Nayarit (1985). Es licenciado en Letras Hispánicas por la UdeG. Es maestro en Estudios Filosóficos por la misma casa de estudios. Tiene publicados dos libros, Las humedades, (Editorial Limbo) y Las mil muertes absurdas o como escribir una novela (CECAN). Ha sido periodista para medios universitarios y editor de información, además de docente en diferentes niveles académicos.

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